Los guerreros instalaron el campamento en medio de la ciénega, una docena de ceibas les daba sombra y la playa les quedaba a pocos metros. Podían abastecerse de pescado de la laguna, había suficiente carne de caza alrededor: venados, iguanas, tlacuaches, armadillos.
Por las mañanas salían en grupos de cinco o seis hombres, vigilaban la planicie costera, los pantanos y a veces echaban ojo a la playa, los ikoots se mantenían lejos, en su espacio de lodos y humedad, los guaves como les nombraban con desprecio... a menos que fuera una mujer, a ellas no les nombraban guaves (los que se pudren en la humedad en lengua zapoteca) les decían na (mamá) por que desde hacía un par de décadas habían engendrado hijos con ellas, hijos fuertes y altos.
Comerciaban pieles de nutria con los habitantes de la sierra cruzada, los que hablan zoque, los que descienden de los olmecas, de cabezas rasuradas y perforaciones en orejas y narinas.
Miraban al horizonte constantemente, sabían que los otros, los ellos, los nuestros de los valles centrales irían a buscarlos, sabían que con ellos no sería como con los pescadores de la laguna, los ellos-los nosotros, los ancestros darían batalla y aunque los vencieran una, dos o tres veces, tendrían que seguirlos esperando para volverlos a vencer, por que querían tener el control de sus vidas y las de sus familias.
El reino no podría estar nada contento con la deserción de sus tropas, la sangre por fuerza briznara los matorrales y los manglares.
El viento viejo del istmo...
Publicado el 25 de octubre de 2018
Por las mañanas salían en grupos de cinco o seis hombres, vigilaban la planicie costera, los pantanos y a veces echaban ojo a la playa, los ikoots se mantenían lejos, en su espacio de lodos y humedad, los guaves como les nombraban con desprecio... a menos que fuera una mujer, a ellas no les nombraban guaves (los que se pudren en la humedad en lengua zapoteca) les decían na (mamá) por que desde hacía un par de décadas habían engendrado hijos con ellas, hijos fuertes y altos.
Comerciaban pieles de nutria con los habitantes de la sierra cruzada, los que hablan zoque, los que descienden de los olmecas, de cabezas rasuradas y perforaciones en orejas y narinas.
Miraban al horizonte constantemente, sabían que los otros, los ellos, los nuestros de los valles centrales irían a buscarlos, sabían que con ellos no sería como con los pescadores de la laguna, los ellos-los nosotros, los ancestros darían batalla y aunque los vencieran una, dos o tres veces, tendrían que seguirlos esperando para volverlos a vencer, por que querían tener el control de sus vidas y las de sus familias.
El reino no podría estar nada contento con la deserción de sus tropas, la sangre por fuerza briznara los matorrales y los manglares.
El viento viejo del istmo...
Publicado el 25 de octubre de 2018
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